martes, 6 de noviembre de 2007

Agua

Encontré tus pendientes en el aljibe una mañana de navidad, cuando rompía las horas el frío imponente de otro invierno precoz; intenso y profundo letargo como el océano de tu silencio. Para que me preguntaba dispuesto, otro café prematuro. Y así el perfume de tu cuerpo inundaba toda la estancia, alentando tu pelo castaño un recuerdo en la nostalgia; sobre la almohada vencida, compañera de otros tiempos, en los que tres horas de sueño hicieron una fortuna y los días de caricias racimos de gloria vieron, que dejaban con tu ausencia un acicate imborrable. Será tarde me pregunto, sin querer hacer un drama, pues la luna esta preciosa depilandose en mi cama. Bellas palabras heridas, de muerte en el fregadero; arrumacos de cocina con el viento que se fueron, a algún lugar de otro mundo donde habita la memoria, que guardan las olas cautivas en la playa de mis sueños.

lunes, 8 de octubre de 2007

Psicografía

Frente a mi vienen andando en colores afilados al amanecer. Penetrando impenitentes por el quicio permanente de la vida regalada. Son las horas y los días sibilinos de otro otoño febril. Van quebrando por sorpresa la distancia prudente y de rigor. Ocupando impunemente la templada estancia de mi conciencia, donde habitan sin piedad los errores que la historia dejó por imposibles; por patológicos.
Como ayer caen las hojas entregadas al exilio mortal que impone la desgarradora mudanza, bajo el ritmo incalculable del silencio que atenaza cualquier proyecto de fuga. La infinita ausencia de respuesta desesperada.
Ni la mínima caricia que atenúa el baile de los tiempos muertos, rozando las heridas que siempre deja el incipiente verano.
Y el buzón ausente de esperanza, de noticias luminosas.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Pozuelo

En primavera y durante el verano solíamos ir algunos domingos a Pozuelo de Alarcón. Corrían los años sesenta y mi padre alquiló una pequeña casíta, ciertamente destartalada en aquel entonces todavía pequeño pueblo cercano a Madrid. Por allí a primera hora de la mañana, pasaba un lechero con un carromato cargado con enormes tinajas, tirado por dos preciosos caballos blancos que al trote se anunciaban desde la distancia haciendo sonar multitud de cascabeles; un churrero con una enorme cesta de mimbre llena de churros y porras chorreando aceite y desprendiendo ese olor imborrable a fritanga, un misterioso mielero daba voces arrastrando un burro cargado con dos alforjas que portaban grandes cantaros repletos de miel celosamente cerrados con unas enormes tapas de madera y así todo tipo de vendedores ocasionales, labradores con ricos tomates, cebollas pimientos y melones. Mi tío Mario tenia un moderno chalet en aquella misma improvisada calle. Allí nos juntábamos tíos, primos, hermanos y demás familia alrededor de la figura imponente de mi tío Mario que ejercía por derecho una notable autoridad. Todos le queríamos mucho y le teníamos un gran respeto. Siempre estaba al tanto de todo lo que sucedía en la familia, desde las notas y los estudios de los mas pequeños y medianos, hasta las relaciones laborales y conyugales de los mayores. En aquel entorno, cada cual tenía su pandilla, aprendimos a montar en bicicleta, jugábamos al balón en el campo de doña Escolástica, nos regábamos con una manguera cuando el calor apretaba mientras nuestras respectivas madres con un amor impagable y un notable celo contenido preparaban suculentas ensaladillas rusas y filetes empanados. Mi padre y mis tíos, todos en rigurosa camiseta blanca, fumaban y bebían jugando acaloradamente a las cartas sobre una mesa, hablaban a escondidas y hacían todo tipo de planes con respecto a la familia. Tras la comida, la siesta era inviolable y sagrada y los ronquidos estremecedores. Al atardecer se lavaban los coches en riguroso turno y para finalizar nos despedíamos con tremendos, sonoros y efusivos besos y abrazos como si no nos volviéramos a ver nunca mas. Eran otros tiempos, solo queda el recuerdo que ejercita la memoria.

martes, 28 de agosto de 2007

Verano del 68

En aquel verano de 1968, no sin grandes esfuerzos y haciendo gala de una meticulosa previsión de fondos, mi padre decidió llevarnos de vacaciones a la isla de Ibiza. Para ello, previamente había reservado habitaciones en un pequeño hostal situado en la por aquél entonces apacible bahía de San Antonio Abad, al oeste de la isla. Al atardecer, cuando el sol empezaba a perderse por el horizonte dejando paso a la noche, llegamos a la ciudad de Alicante y nos dirigimos al puerto, no sin antes saborear un helado de barquillo por barba en el antiguo kiosko de la explanada. Al fondo de aquél muelle del puerto, calentando motores esperaba amarrado el "Ciudad de Alicante" un viejo y asmático cascarón de hierro crudo. Una actividad desenfrenada, rodeaba todo aquel ambiente. Gente de toda índole se despedía efusivamente como si se fuera a acabar el mundo. Un nutrido grupo de rudos operarios vestidos de azul oscuro, amarraban uno a uno los vehiculos mediante una red hecha con gruesas maromas de cuerda a una polea, alzándolos tambaleantes en vilo a voz en grito e introduciendolos meticulosamente en la bodega del barco junto a todo tipo de enseres y mercancías. Mi padre había comprado para el trayecto que supuestamente duraba ocho horas, unos billetes en cubierta y a la intemperie denominados "silla de toldillo" y un escueto camarote para mi madre. A las doce en punto, una estruendosa sirena perfectamente afinada rompió el aire tibio de la noche, mientras soltaban amarras. A modo de despedida, multitud de rollos de papel higiénico comenzaron a desplegarse hasta sus últimas consecuencias, en medio de efusivos gritos y recuerdos desesperados entre los pasajeros y aquellos que se quedaban en tierra y aquélla leyenda en forma de barco, maniobrando con destreza se adentró en la oscuridad del mar camino de la isla de Ibiza, al amparo de una luna generosa. Yo tenía entonces diez años y nunca había contemplado nada parecido; aquello era fascinante. La cubierta del barco estaba llena de gente singular, algunos lucían unas melenas enormes, llamativos pendientes, anillos y tatuajes; vestidos con ropas y andrajos de intensos colores, niños y niñas, padres y madres purulaban por el barco hablando en idiomas muy diversos, desprendiendo intensos olores muy marcados, a pachuli y a marihuana; eran aquellos hippies maravillosos que quisieron cambiar el mundo. Aquella noche inolvidable no pude dormir ante aquel panorama tan excitante, porque un nuevo mundo se abrió ante mis ojos. Ya de madrugada, cuando empezó a amanecer entre la bruma que da paso al día, apareció repentina y majestuosa la figura imponente del peñón de "Es Vedra" coronada por un ejercito de gaviotas defensoras del picacho, chillando alborotadas alrededor de aquella colosal roca plantada en mitad del mar. La costa de Ibiza cercana y apacible y a lo lejos D'alvila, la ciudad amurallada con su castillo en lo alto; final de trayecto para corsarios apátridas, artesanos y aventureros. Que tiempos aquellos, lo pasamos fenomenal, fue un verano maravilloso cerca del mar.

viernes, 10 de agosto de 2007

La Amistad

Antiguamente la amistad era un valor compartido durante toda una vida. Se daba el caso de tener que acompañar al cementerio a los fieles amigos de toda una época, a su entierro o al tuyo. Aquello era una delicada, pequeña pero grande cuestión de lealtad; que hermosa palabra. Peter Popphelreuther, Luis Aurie, Tivor Revest, Ricardo Atalaya y Javier de Winthuysen fueron los grandes amigos de mi padre en su juventud. A mi me bautizaron con el nombre de Javier por este último, al que por cierto fusilaron en las tapias del cementerio de la Almudena. A todos ellos les atrapó la guerra civil alrededor de los veinte años. Peter se casó con la tía Marichu, hermana de mi padre a la que nunca llegué a conocer. La única vez que vi llorar a mi venerado padre fue un día en el que nos hablaba de su querida hermana. Como Peter era alemán, cuando estalló la segunda guerra mundial, fue llamado a filas y tuvo que combatir en el frente de Polonia. Cuando terminó aquella terrible contienda, se le dio por desaparecido, pero la tia Marichu no se daba por vencida y se marcho a Alemania en su busca. Después de recorrer aquél país devastado, perdida la esperanza del reencuentro, regresó a España gravemente enferma. En el lecho de su muerte, quiso despedir a sus hermanos uno a uno y cuando le llegó el turno a mi padre, le pidió que bajara al kiosko de Canalejas que estaba en la esquina del Paseo del Prado y que le subiera un gin-tonic; mi padre salió raudo a cumplir aquel deseo y al regresar exhausto, ella ya había fallecido. Poco tiempo después, Peter apareció un día por Madrid, venía andando desde Alemania con lo puesto, deshecho y en busca de todo aquello que un día tuvo que dejar y que el tiempo había desvanecido. Peter rehizo su vida, volvió a casarse y tuvo dos hijas, Berber y Gavy, siempre fueron mis primas y aunque los lazos biológicos se habían roto, para la familia hasta el final de sus días siempre fue el tio Peter y para mi padre por encima de todo, y se dejaba sentir aquella lealtad, un entrañable amigo de juventud.

jueves, 2 de agosto de 2007

ALGARABIA

Se acabaron las mañanas tan dichosas de quehacer, un minuto indiferente se interpuso entre los dos, la autopista ciento veinte se presume universal, la colina allá a lo lejos y ese toro colosal. Tarde de siesta gloriosa y callada, de agosto forzada a no hacer otra cosa, ventana curiosa, la puerta cerrada, un pájaro canta detrás de la almohada. Y llega la noche después de otro día, manzanas al horno quien me mandaría, ciudades que roban la infancia vacía, que mala pata, algarabía. Quien te enseño a tirar de las orejas a los sauces, a soplar a traición por detrás de las rodillas, a ponerte pantalones de tergál por la cabeza, a tomar el sol que guarda la madera del verdugo. Si miro hacia atrás, se apaga la hoguera, no hay luz en la casa, ni perro, ni amigo, el duelo en la mesa, detrás la nevera, araña la manta, me duermo contigo. Del cielo a Narvaez, calculo una hora, aparque señora "la genti labora", que no dice el guardia, se sube al arcén, se sufre en silencio, adiós que te den.

viernes, 27 de julio de 2007

Verano

Por fin estamos en verano, se siente desde hace un buen rato, menos mal que todavía por las noches refresca débilmente; adoro el verano. El cielo estrellado, muestra un fondo azul de metileno; el mismo color que en la infancia nos untaban en la lengua cuando salían pequeñas erupciones de un picor insoportable. Tratado de la vieja medicina de posguerra y el potingue para casi todo. Todavía ando y seguiré de promoción con el último disco "Cedaceros 4" y ya estoy escribiendo nuevas canciones para el próximo; y es que tardo tanto en publicar. En estos días comienzo a escribir una canción acerca de eso que han dado en llamar los "malos tratos" porque me impresiona; es continuo y terrible. Adelanto las cuatro primeras estrofas:
Ella esquíva la certeza, niega la herida, Circe en una jaula de cristal, rumbo a la deriva por un mar de amargura, remendando olas sin dedal.
He estado en la playa tres días. El mar.... toda una anestesia y si que es verdad que tenía abandonado el blog pero ese soy yo. Aunque no quiero abandonar y volveré como sea a mantener el contacto. Como dicen en Cuba: "En las peores circunstancias, mantendremos las comunicaciones". El verano siempre guarda sorpresas. Hace unos pocos días me reencontre con una amiga de la juventud, resulta que somos vecinos, ella tiene tres hermosos hijos y una vida intensa a la espalda, mucho que contar; yo sigo soltero y todas mis relaciones han sido un fracaso. Han pasado treinta años, estamos de vuelta. Ayer se me coló un pájaro en el salón, le abrí una ventana y después de un rato volando despavorido por toda la casa, se fue. No se leer entre lineas, pero sospecho que la vida en ocasiones, a partir del resultado azaroso de una ecuación asombrosa te deja un mensaje subliminal. Espero estar atento.